sábado, 19 de octubre de 2013

Domingo XIX (ciclo c) Catena Aurea

Lucas 18,1-8
Y les decía también esta parábola: que es menester orar siempre, y no desfallecer. Diciendo: "Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios, ni respetaba a hombre alguno. Y había en la misma ciudad una viuda que venía a él y le decía: Hazme justicia de mi contrario. Y él por mucho tiempo no quiso. Pero después de esto dijo entre sí: Aunque ni temo a Dios ni a los hombres tengo respeto, todavía, porque me es importuna esta viuda, le haré justicia, porque no venga tantas veces que al fin me muela. Y dijo el Señor: Oíd lo que dice el injusto juez: ¿Pues Dios no hará venganza de sus escogidos, que claman a El día y noche, y tendrá paciencia en ellos? Os digo, que presto los vengará. Mas cuando viniere el Hijo del hombre, ¿pensáis que hallará fe en la tierra?"

Teofilacto
Después que el Señor hace mención de estas penalidades y peligros, expone su remedio, que es la oración asidua y premeditada. Por esto añade: "Y les decía también esta parábola", etc.

Crisóstomo
El que te redimió y el que quiso crearte, fue quien lo dijo. No quiere que cesen tus oraciones; quiere que medites los beneficios cuando pides y quiere que por la oración recibas lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide y por su piedad excita a los que oran a que no se cansen de orar. Admite, pues, con gusto las exhortaciones del Señor: debes querer lo que manda y debes no querer lo que el mismo Señor prohibe. Considera, finalmente, cuánta es la gracia que se te concede: tratar con Dios por la oración y pedir todo lo que deseas. Y aunque el Señor calla en cuanto a la palabra, responde con los beneficios. No desdeña lo que le pides, no se hastía sino cuando callas.

Beda
Debe decirse también que ora siempre y no falta el que no deja nunca el oficio de las horas canónicas. Y todo lo demás que el justo hace o dice en conformidad con el Señor, debe considerarse como oración.

San Agustín, De quaest. Evang. 2,45
El Señor presenta sus parábolas, o bien comparando, como cuando habla del prestamista, que perdonó a los dos deudores lo que le debían y que fue más estimado por aquel a quien perdonó más ( Lc 7), o bien por oposición, como cuando dice que si el heno del campo que hoy está en pie y mañana será llevado al horno, Dios así le viste, ¿cuánto más cuidará de vosotros, hombres de poca fe? ( Mt 6,30) Así, pues, no por semejanza, sino por oposición, habla de aquel inicuo juez, de quien se dice: "Había un juez en cierta ciudad", etc.

Teofilacto
Observa en esto que el obrar mal con los hombres es señal evidente de malicia. Muchos no temen a Dios, pero en sociedad guardan el debido respeto y por esto faltan menos. Pero cuando alguno obra con imprudencia, aun en cuanto a los hombres, lleva entonces el vicio a su colmo.
Prosigue: "Y había en la misma ciudad una viuda".

San Agustín, ut sup
Esta viuda puede ser muy bien la imagen de la Iglesia, que aparece como desolada hasta que venga el Señor, quien ahora cuida de ella misteriosamente. Pero como sigue diciendo: "Y venía a El diciendo: Hazme justicia", etc., advierte aquí por qué los escogidos de Dios le piden que los vengue. Lo mismo se dice también en el Apocalipsis de San Juan hablando de los mártires ( Ap 6), a pesar de que claramente se nos aconseja que oremos por nuestros enemigos y nuestros perseguidores. Debe comprenderse pues que la venganza que piden los justos es la perdición de todos los malos. Estos perecen de dos modos. O volviendo a la justicia, o perdiendo el poder por medio de los tormentos. Por tanto, aunque todos los hombres se convirtieran a Dios, el diablo quedaría para ser condenado en el fin del mundo. Y se dice, no sin razón, que los justos al desear que llegue este fin, desean la venganza.

San Cirilo
Cuantas veces nos ofendan, debemos considerar que es glorioso para nosotros el olvido de estos males; y cuantas veces pequen, ofendiendo a la gloria de Dios aquellos que hacen la guerra contra los ministros del dogma divino, debemos acudir a Dios pidiéndole auxilio y clamando en contra de los que rechazan su gloria.

San Agustín, ut sup
La perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se pida en presencia del injusto juez. Por esto sigue: "Pero después de esto dijo entre sí: Aunque ni temo a Dios, ni a hombre tengo respeto", etc. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con perseverancia, porque El es la fuente de la justicia y de la misericordia. Dice también el Señor: "Oíd lo que dice el injusto juez".

Teofilacto
Como diciendo: si la constancia ablanda al juez capaz de todo crimen, ¿con cuánta más razón debemos postrarnos y rogar al Padre de la misericordia, que es Dios? Por esto sigue: "Os digo que presto los vengará". Algunos procuraron dar a esta parábola un sentido más sutil: Dicen que la viuda representa a toda alma que se separa de su primer marido, a saber, el diablo y que por esto, como aquél es su enemigo, se presenta a Dios, que es el juez de la justicia, quien ni teme a Dios, porque El mismo únicamente es Dios, ni teme al hombre: ante Dios no hay aceptación de personas. El Señor se compadece de esta viuda, esto es, del alma que le ruega, en contra del diablo y la defiende contra el diablo.
Después que el Señor dijo que debía orarse mucho al fin de los tiempos, por los peligros de entonces, añade: "Pero el Hijo del hombre, cuando venga, ¿pensáis que hallará fe en la tierra?".

San Agustín, De verb. Dom. serm. 36
El Señor dice esto refiriéndose a la fe perfecta, porque esta fe apenas se encuentra en la tierra. Llena está de fieles la Iglesia de Dios. ¿Quién vendría si no hubiera fe? y ¿quién no trasladaría los montes si la fe fuera perfecta?

Beda
Sin embargo, cuando aparezca el Omnipotente Creador en la figura del Hijo del hombre, serán tan pocos los escogidos, que no tanto por los ruegos de los fieles, como por la indiferencia de los malos, se habrá de acelerar la ruina del mundo. Lo que el Señor dice aquí como dudando, no lo dice porque duda, sino porque reprende. Nosotros también algunas veces ponemos palabras de duda al reprender a otros, aun cuando tratemos de cosas que tenemos por ciertas, como cuando se dice a un siervo: Considera, si acaso no soy tu amo.

San Agustín, ut sup
Esto lo añade el Señor para dar a conocer que si la fe falta, la oración es inútil. Por tanto, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración y la oración produce a su vez la firmeza de la fe.

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