miércoles, 11 de septiembre de 2013

El edificio de culto cristiano, signo de la nueva creación. Inspiración bíblica y claves lingüísticas y cosmológicas -Mons. Juan Miguel Ferrer

La iglesia, como edificio del culto cristiano, es “signo litúrgico” de los cielos y tierra nuevos. Para reflejar esto, la lectura tipológica de la Biblia y el lenguaje “universal” de los símbolos −antropológicos y cosmológicos− han sido utilizados en la construcción de las iglesias a lo largo de la historia.

Signo de la nueva creación

      Tras el concilio Vaticano II no fueron pocos los que se preguntaron: ¿tiene sentido, tras la Pascua de Cristo, seguir edificando iglesias, capillas y santuarios? ¿no es todo, espacio ganado por Cristo, y por lo tanto, todo igualmente santo y apto para dar culto a Dios en espíritu y verdad, como el mismo Jesucristo anunció a la Samaritana (Jn 4, 21-24)?

      Realmente el acontecimiento de la Pascua (muerte y resurrección de Jesús) es, en el pensamiento cristiano, motivo de su dominio universal, como celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo en el calendario católico. No obstante, la Iglesia, desde el momento que materialmente ha podido (incluso, en algún caso, antes del Edicto de Tolerancia del 314), ha construido lugares específicos y exclusivos para celebrar la Liturgia. Y tras el Concilio Vaticano II ha publicado un Ritual para la Dedicación de iglesias y altares (29-05-1977), ¿cómo se entiende esto?


      La clave nos la da san Pablo en su carta a los Romanos (8, 18-30) cuando usa estas expresiones: «Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios...» (19), «sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto...» (22) y «hemos sido salvados en esperanza...» (24). Desde la Pascua todo es de Cristo, Él todo lo ha redimido. Pero como experimenta el creyente en su propia debilidad personal, esta salvación, ya cumplida en Cristo, se va manifestando en nosotros y en la creación entera gradualmente, vivimos en tensión escatológica (esperando el momento final), tanto personalmente como a nivel cósmico. Es el famoso “ya sí, pero todavía no” del pensamiento paulino.

      En esta “espera” el creyente necesita “signos” que mantengan viva su esperanza y le ayuden a ir avanzando hacia esa plena manifestación de la obra de Cristo. Es el sentido de los signos litúrgico-sacramentales que proclaman el obrar de Dios y actualizan su eficacia en favor nuestro[1] (significando causant)[2]. La Iglesia entiende que el edificio dedicado que llama iglesia es “signo litúrgico” de ese cielo y tierra nuevos, ya reales en Cristo y que nosotros esperamos, como recuerda el libro del Apocalipsis (cap. 21 y 22 1-5). Un “signo” que se integra en el conjunto de la Liturgia y ayuda a percibir y cumplir, que «en la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos»[3].

      La “sacralidad del edificio de culto cristiano”, como las demás sacralidades del Nuevo Testamento, no han de entenderse en sentido reductivo, como en el paganismo o el mismo Antiguo Testamento, donde “sacro” (fanos) era lo dedicado y custodiado por los dioses, frente a un mundo esencialmente peligroso y en ocasiones dominado por el mal, lo “profano”, lo que está fuera de lo sagrado. Ahora lo “sacro” es lo “sacramental”, lo “significativo”. Que “revela” la realidad oculta del mundo y la va “llevando a pleno cumplimiento”, la va “realizando”.

      Es cierto que cuando la Iglesia celebra su Liturgia en un lugar lo llena de esta “significatividad”, pero no es menos cierto que el “lugar” concebido y dedicado ritualmente para su uso estable para la Liturgia se integra como elemento propio de la acción litúrgica de la Iglesia, no es un mero sujeto paciente o un pasivo receptáculo. Esta dimensión significativa del edificio de culto cristiano reclama estar presente en su proyectación y construcción. No se trata de hacer un local donde “quepa” y pueda desenvolverse la acción litúrgica de la Iglesia, se trata de que ese lugar sea liturgia, sea “signo litúrgico”.

      Para conseguir esto, a lo largo de los siglos, los constructores de iglesias han aprovechado tanto la lectura tipológica de la Biblia[4] como el lenguaje “universal” de los símbolos (tanto antropológicos como cosmológicos)[5]. De todo ello trataré de ofrecer una apretada síntesis en estas líneas.

El interés por el conjunto del edificio

      En los últimos años vengo observando el predominio de una tendencia en la edificación de iglesias que concibe el edificio en su conjunto como un “contenedor” para la comunidad que va a celebrar luego allí su Liturgia. El edificio mira a crear un espacio funcional para este fin, una funcionalidad predominantemente escenográfica. A lo sumo se insiste en que favorezca la participación visual y auditiva del grupo reunido en la acción que allí tendrá lugar. Crear ese espacio es cosa del arquitecto. Él garantiza tal funcionalidad y se ocupa de las cuestiones de “imagen” del edificio de cara a su entorno urbano. Luego la comunidad eclesial intervendrá más directamente a la hora de “amueblar” el espacio y caracterizarlo mediante los llamados “polos celebrativos”: altar, sede, ambón, fuente bautismal, capilla para la Reserva, capilla penitencial, y espacios para los servidores del altar, la asamblea y el coro o, si hay, los músicos.

      Pero este modo de plantear las cosas no satisface las necesidades litúrgicas de la Iglesia. El edificio corre el riesgo de carecer de “alma”, de ofrecer un signo contradictorio con los de la Liturgia cristiana, de estar yuxtapuesto y no coordinado con la vida litúrgica de la Comunidad. Los ritos por medio de los cuales es “dedicado” son ajenos a la inspiración del mismo y su mensaje puede llegar a ser un “ruido” en la oración de la comunidad.

      No le corresponde al Sacerdote o a la Comunidad dictar el trabajo técnico al Arquitecto y su equipo, pero sí han de compartir con ellos el significado de la iglesia para que éste esté presente en todo el proceso de la proyectación y construcción del edificio. El conjunto es muy importante. Los polos celebrativos son periodos de una narración, pero el edificio es el que ofrece la sistaxis al conjunto. De aquí también el problema de la “adecuación” al uso del culto cristiano de edificios construidos para otro fin[6] o, aunque en menor medida, de los edificios antiguos de culto cristiano, nacidos para otras formas históricas de la Liturgia católica[7].

      Especialmente interesante para entender la idea cristiana del edificio para la Liturgia en su conjunto es el examen del Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, que ya hemos mencionado anteriormente[8]. Su origen está en las primeras ritualizaciones de la dedicación de los altares cristianos, en Oriente desde el s. V. Nos referimos al momento en el cual además de la Eucaristía inaugural se comienzan a realizar ritos específicos de dedicación. Pero ya en la leyenda sobre el origen de “Sta María la Mayor”, sobre el Esquilino romano, hay una interpretación cristiana de ritos de dedicación del terreno, que aun hoy subsisten en el Rito de la colocación de la Primera Piedra de una futura iglesia, y todo esto en la segunda mitad del siglo V.

      Donde se piensa colocar el altar de la futura iglesia se clava una Cruz hastial, alta, visible. Con este rito se evocan los textos paulinos sobre la victoria de Cristo y del amor cristiano (Ef 3, 17-19; y Rm 4, 37-39). Luego se trazan sobre el suelo los límites (muros perimetrales) del futuro edificio, esto puede hacerse con cal o, más propiamente, mediante una pequeña zanja[9]. Durante el rito, a los pies de la cruz se colocará la “primera piedra” (recordando a Cristo piedra angular del edificio de la Iglesia del que nosotros somos llamados a ser piedras vivas: Ef 2,20; 1Pe 2) y la señal perimetral vendrá asperjada con agua bendita indicando el “dominio” de Cristo sobre ese terreno, “signo visible” de su reinado universal. Los antiguos, con un cordel, trazaban desde la Cruz un primer círculo y, en torno a él, un primer cuadrilátero, que por repetición y división generarían, poco a poco, toda la planimetría del futuro edificio, cuyos límites venían asperjados el día de la colocación de la “primera piedra” como aun hoy se hace.

      Tras este sencillo rito perviven elementos de fenomenología religiosa casi universal que la Biblia y luego los cristianos han tomado para dar a conocer su fe. Como una gran montaña en un llano o meseta, como un árbol majestuoso en medio de un secarral o en el centro de un claro del bosque, como un totem o un obelisco, esa Cruz, el futuro altar (en alto) con su Cruz, son un centro o síntesis del universo. Ellos, y el espacio que desde ellos se genera, tienen capacidad de significar el cielo y la tierra enteros, y así ocurre. Todos los demás “puntos” del edificio o del entero cosmos se refieren a tal centro (porque se pueden conectar con él).

      En el capítulo primero del Génesis encontramos una antiquísima cosmovisión oriental[10] que, a grandes rasgos, pervivió en otras muchas culturas durante siglos. El mundo es un gran cubo, está lleno de agua (los mares), pero en su centro emerge lo seco (continente/es). Sobre este cubo Dios colgó una semiesfera que, como un techo, cubría la tierra de las aguas “de arriba”, cuando se “abren los cielos”, llueve. De este techo penden las luminarias del cielo, que rotan acompasadamente, unas iluminan el día, otras la noche. El edificio generado a partir de un primer cuadrilátero y una primera circunferencia está simbolizando este universo, es un microcosmos, pero es que está, en toda su estructura, empapado de los esquemas básicos del universo. Pervive aun hoy la idea de que los muros y suelo de la iglesia representan la tierra y su historia, las partes altas y las techumbres el cielo, las ventanas abiertas a la luz del “más allá”, que ilumina e interpreta nuestro más acá. Y lo mismo se puede decir, a grandes rasgos (aunque no tan uniformemente), sobre las formas cúbicas, como expresión del más acá, y las esféricas, como significación del más allá.

      Cuando el día de la dedicación de la iglesia se entregan las llaves del edificio al Obispo (pueden ser también los planos) se reevoca el rito de la aspersión del perímetro cumplido al colocar la “primera piedra”, nuevamente se significa la “toma de posesión” del cosmos-edificio por Cristo vencedor del pecado y de la muerte, nuevo Adán (Cfr Gn 1, 28). Muy expresivo era ver al Obispo golpear las puertas de la nueva iglesia con su báculo al canto del salmo 23 (24)[11] en el Pontifical anterior al Concilio.

      Luego los ritos se suceden: se hace resonar la palabra de Dios (que es “creadora”), siguen la aspersión de altar y edificio, luego las unciones con Crisma del altar y los muros (en 12 lugares, recordando a los 12 apóstoles, aunque se puede abreviar a seis; la referencia a la Jerusalén celestial es evidente, Vid. Ap 21,14), a continuación se quema incienso sobre el altar y se inciensa el edificio entero y finalmente se reviste el altar (en el Rito Hispano-Mozárabe también se revisten los muros del presbiterio) y se iluminan altar y muros (los muros donde han sido crismados, gesto que se repite cada año en el aniversario de la dedicación). Todo esto habla de la identificación Iglesia, Cuerpo de Cristo, con la iglesia edificio, pero también habla de las consecuencias cósmicas de la redención operada por Jesucristo. El altar y los muros del edificio son “bautizados” (agua, crisma, vestido-blanco/manteles, iluminación/entrega-luz, son ritos paralelos entre Bautismo y Dedicación; el del incienso no está en el Bautismo, pero sí en las Exequias, recordando que el cuerpo del bautizado es templo del Espíritu Santo). La Dedicación culmina con la celebración solemne de la Eucaristía y la Reserva del Sacramento al final de la misma[12].

      Junto a esta figura que venimos glosando del edificio como “microcosmos”, signo del universo redimido, no se puede olvidar otra imagen que está presente en la tradición bíblica y en los griegos y que aparece también a la hora de concebir la iglesia. Se trata del templo conforme al modelo del cuerpo humano. Imagen conectada con la anterior, pues los griegos entenderán al ser humano como microcosmos; y en la tradición bíblica Dios deja su impronta en un mundo que crea con su “palabra” y crea al hombre y a la mujer a “su imagen y semejanza” (Gn 1). Cristo, a su vez, restaurador del hombre y de la creación entera, es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), en verdad, quien le ha visto a Él “ha visto al Padre”(Jn 14,9) y la Iglesia es su “cuerpo” (Rm 12,27). Esta imagen permite modelar conforme al cuerpo de Cristo las iglesias, desde la planta basilical a la de cruz latina y, luego, permite integrar los cánones griegos de proporción, para hacer edificios “a la medida del hombre”.

Las figuras bíblicas, antiguo y nuevo testamento

      Finalmente voy a señalar una serie de pasajes e imágenes bíblicas, algunas ya han ido apareciendo en mi exposición, que han servido para entender y modelar el edificio de culto cristiano haciendo de él verdaderamente la imagen del proceso, culminado en Cristo, de la redención del mundo y su reconducción, más allá del pecado, al proyecto primordial de Dios. Lo que hace del edificio que llamamos iglesia un reflejo espacial de lo que es la liturgia como memorial y una parte integrante de su forma sacramental, hecha de signos eficaces. Seremos muy concisos y no exhaustivos, pero intentaremos no dejar fuera ningún elemento o paso importante.

      1. El lugar de la celebración es un nuevo “paraíso” (Gn 2,8-25). Se mira en aquel Paraíso y en el que lo perfecciona, el anunciado en el Apocalipsis (Ap 22,1-5). Esta imagen recoge la idea del cosmos como lugar para el encuentro íntimo entre el ser humano y Dios.

      2. La iglesia como la Iglesia, “arca” de Noé (Gn 6, 9-12. 7 y 8). Esta imagen cuadra bastante con las plantas basilicales hasta en las formas y se refuerza visiblemente cuando las cubiertas adoptan forma de quilla invertida, tipología curiosa en algunas regiones. Este referente, que refuerza el nexo entre edificio y comunidad, sirve también para destacar el lugar de celebración como “tierra de salvación”, lugar de refugio o asilo, cosa muy destacada en la edad media.

      3. La “mesa” junto a la encina de Mambré, el santuario de cada iglesia (Gn 18, 1-15). Allí acampó Abrahán, junto a ese árbol sagrado. Allí Dios se le aparece bajo la forma de “tres peregrinos” (tres ángeles). Abrahán les prepara la “mesa” y les da de comer (serán luego tenidas estas escenas como figura de la Trinidad y de la Eucaristía). Pero serán ellos quienes anuncien a Abrahán la Bendición, la causa de su alegría. Una mesa, tres divinos comensales, cada uno a un lado de la mesa, de frente a Abrahán, de frente a nosotros, a la Iglesia, Dios nos abre el cielo y nos da “pan de ángeles”, se da Él mismo. Esta escena ayuda a polarizar el espacio hacia Dios. Resalta la atracción focal hacia el santuario y ha impreso por siglos un dinamismo escatológico a la Liturgia y a las iglesias cristianas.

      4. El sueño de Jacob, el altar como “piedra de Jacob”, escala al Cielo, la iglesia lugar sagrado (Gn 28,10-22). El pecado de Adán y Eva expulsó del Paraíso al género humano. Pero Jacob, cansado, toma una piedra como almohada y se queda dormido y sueña que el “cielo se abre”, y sobre aquel lugar se despliega una “escala” que une Cielo y tierra, los ángeles suben y bajan. Las oraciones llegan al Cielo, las Bendiciones riegan la tierra. Un lugar sagrado y estremecedor, donde se siente la presencia de Dios que alcanzará en Cristo, prefigurado en la piedra y significado en nuestros altares, su culmen (Jn 1,51). La iglesia y singularmente el altar aparece desde esta imagen como “casa de oración”, lugar de reconciliación con Dios. Donde brota siempre el manantial de la gracia y desde donde el Cielo toca la tierra y nosotros atravesamos los umbrales del más allá.

      5. El lugar de la celebración tiene una puerta de agua, el “paso del Mar Rojo” (Ex 14 y 15). Moisés conduce al pueblo de Israel de Egipto a la Tierra de promisión. Decisivo será el “paso del Mar Rojo” donde es sepultado el poder de Faraón y se salvan los hijos de la promesa, como se anunció en la noche del exterminio (Ex 12,29) y se recuerda en la antigua Pascua, figura del paso bautismal de los cristianos, siguiendo a Jesús de la muerte a la vida. La puerta de la Iglesia es el Bautismo. Los bautisterios (o baptisterios) nos lo recuerdan. Y, en todo caso, las entradas de las iglesias están siempre sigiladas por el recuerdo del Bautismo y el agua bendita. La iglesia es lugar de paso, en el Bautismo, en la Penitencia, en cada Eucaristía y singularmente al celebrar las Exequias de los cristianos. Junto a los bautisterios, los “atrios” o los cuadripórticos de las basílicas, recordaban este carácter pascual.

      6. El lugar de la celebración prefigurado en el “arca”, el “santuario” y el “templo de Jerusalén” (Ex 25. 26 .27 y 36.37.38; 2Sam 7 y 1Cr 17 profecía de Natán; 1Re 6 y 2Cr 3-7.29 reinado de Ezequías purificación del templo; Ez 8-12 anuncio del exilio y 40-47 restauración y nuevo templo; Es 3-6 vuelta del exilio y reconstrucción del templo; 2 Mac 5 profanación del templo, 10 purificación y dedicación). Ni el arca ni el templo son simples objetos mágicos. Son signos de la presencia salvadora del Dios de la alianza e imágenes del mundo donde Él quiere encontrarse con el ser humano en fidelidad y amor para salvarlo. Cristo será finalmente el templo definitivo y su Iglesia esposa está invitada a configurarse con él. Cobran peculiar importancia los textos evangélicos de la “purificación del templo” (Lc 19,41-48 y 20, 1-7 y paralelos) y las imágenes escatológicas del apocalipsis sobre la Jerusalén celestial (Ap 21, 9-27). Las figuras del antiguo testamento se cumplen en Jesús y se realizan en su Iglesia tendiendo continuamente a culminar según la profecía del Apocalipsis. Esa ciudad celestial del Apocalipsis donde se describe el culto eterno del que es reflejo y participación el de la tierra. En la iglesia se pregusta y se educa para la vida eterna.

      7. El lugar de la celebración hace presentes los lugares de la Pascua de Cristo, el cenáculo, el calvario, el sepulcro (Mc 14-16 y paralelos). La celebración de la Pascua es síntesis de toda la Historia de Salvación. Su actualización anual en el Triduo Pascual ha marcado singularmente, con la Liturgia de esos días, el “lugar de la celebración”. El presbiterio, en torno al altar, es el cenáculo de la Eucaristía y de las apariciones del Resucitado. El altar es el Monte Calvario, con la cruz, patíbulo y estandarte de victoria. El ambón es el sepulcro vacío, cumplimiento de las escrituras y lugar desde donde comienza la proclamación del Evangelio. La sede presidencial, que ocupada, muestra la presencia de Cristo cabeza y pastor, que por medio de sus ministros sigue pastoreando a su pueblo desde Pentecostés; vacía, aguarda al que ha de venir como Juez. Hacia ella dirige su clamor la Iglesia, alentada por el Espíritu, “ven, Señor Jesús”(Ap 22, 20).

Conclusión y continuación

      Toca terminar. Cada imagen de las que hemos considerado merecería un largo estudio. Pero me conformo con suscitar el interés por considerar el edificio iglesia como un “cosmos” unitario y articulado. Reclamando la atención sobre su carácter de “signo litúrgico”, parte integrante de la totalidad de la acción litúrgica de la Iglesia. Invitando con ello a buscar, al proyectar y construir iglesias, a un funcionalismo no meramente escénico, sino simbólico, que bebe del conjunto de la Historia de Salvación, de la Liturgia, singularmente de la actualización del Misterio Pascual, y del Ritual de la Dedicación de iglesias y altares[13], así como de otro libro, que no he mencionado hasta ahora, el Bendicional[14], (donde se recogen celebraciones que afectan a muy diversos espacios y objetos litúrgicos, que son imprescindibles para descubrir el sentido litúrgico y la integración en el todo de cada uno de ellos, presentes en toda iglesia). Espero que estas apretadas reflexiones puedan ser de utilidad a cuantos trabajan en la construcción o restauración de iglesias.

Mons. Juan Miguel Ferrer, subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Publicado originariamente en Revista del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Madrid

  Notas

    [1] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (=SC) n. 7 (tercer párrafo), edición oficial de la Conferencia Episcopal Española (BAC minor), Madrid 1993, p. 191.

    [2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica nueva edición conforme al texto latino oficial de 1997 (=CEC) nn. 1127 y 1128.

    [3] Concilio Vaticano II, SC n. 8; explicado en CEC nn. 1130 y 1137-1139.

    [4] Ofrecemos un “clásico” para moverse en este campo: X. Leon-Dufour, Dictionnaire du Nouveau Testament, París 1996 (3ª ed. aumentada).

    [5] En este campo remitimos a: AA.VV., Dictionnaire des sujets mythologiques, bibliques, hagiographiques et historiques dans l’art, Brepols 1994.

    [6] Este fue históricamente el gran reto en el s. IV. La elección (ya hecha antes por los judíos para sus sinagogas) del modelo basilical no fue sin descartar otros modelos de edificios que, o por inadecuaciones espaciales o por inadecuaciones de significado, fueron descartados en aquel momento (templos paganos, termas, teatros...). Solo siglos más tarde, superadas las reticencias por olvido del antiguo significado o por grandes obras de adaptación, algunos de esos tipos de edificios fueron transformados en iglesias (Panteón de Roma, Termas de Diocleciano y hasta el mismo Coliseo, por un tiempo).

    [7] El problema sería irresoluble si la “renovación” litúrgica del Vaticano II se entiende desde una hermenéutica de “ruptura”. Implicaría abandonar o reconstruir los edificios, como se hizo en algunos casos en los años “70”, en abierto choque con la conservación del patrimonio. Pero el papa Benedicto XVI ya nos ha dicho que la justa lectura de las reformas ha de verse en clave de “continuidad” y “homogeneidad”. Así la adaptación a las “exigencias” de la renovación litúrgica será plenamente compatible con el respeto por la historia y el patrimonio; implicando, eso sí, que el “estilo” litúrgico en los antiguos edificios ha de considerar fundamentalmente la integración de las líneas básicas de la renovación litúrgica, sin alejarse mucho, por otra parte, de las formas litúrgicas para las que el edificio fue construido.

    [8] Edición española (3ª), Coeditores litúrgicos 1996.

    [9] Recuérdese y véanse los paralelos con lo que, según la leyenda, hizo Rómulo para fundar Roma, trazar con su arado el pomerio de la futura Ciudad.

    [10] Aquí no interesa en primer plano el rigor científico o la verificabilidad de tales teorías, sino su interpretación de la realidad y su pervivencia para significar tal realidad.

    [11] Sal 23 1. Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes... 9. ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios del universo...

    [12] No hemos hecho referencia al rito de sepultar reliquias de mártires (hoy se pueden colocar también de otros tipos de santos) bajo o junto al altar, se trata de algo muy recomendable, pero no obligatorio. La cercanía respecto al altar es cercanía respecto a Cristo, Rey de los mártires. Los santos representan la consumación de la Iglesia en su configurarse conforme al modelo que es Cristo. Tales reliquias estimulan, son levadura, de la transformación de la Comunidad y del cosmos que se opera por medio de la iglesia edificio y lo que en ella actualizan las celebraciones litúrgicas, el Misterio Pascual de Jesucristo.

    [13] Vid. nota n. 8.

    [14] Edición española, Coeditores litúrgicos 1986.

 

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