sábado, 7 de septiembre de 2013

Domingo XXIII (ciclo c) San Gregorio Magno


El odio santo

 

1. Si consideramos, hermanos carísimos, cuáles y cuántos bienes son los que se nos prometen para el cielo, todo lo que hay en la tierra lo tiene por vil el alma, porque toda la riqueza de la tierra, comparada con la felicidad del cielo, más bien que subsidio, es pesadumbre. 

La vida temporal, comparada con la eterna, muerte debe llamarse mejor que vida; porque el diario deshacerse de nuestra corrupción, ¿qué otra cosa es más que una muerte prolongada? En cambio, ¿qué lengua es capaz de decir, ni entendimiento de comprender, cuán grandes son los gozos de aquella ciudad celeste, hallarse entre los coros de los ángeles, colocado con los felicísimos espíritus, estar de asiento en la gloria del Creador, mirar presente la faz de Dios, ver la luz infinita, no ser afectados por el temor de la muerte y gozarse del don de la perpetua incorrupción? 

Sólo con oír esto, se enardece el ánimo y desea estar ya presente allí donde espera gozar sin fin. Pero a los grandes premios no puede llegarse sino tras grandes esfuerzos; y por eso el egregio Predicador, San Pablo, dice (2 Tm 2, 5): No será coronado sino quien peleare legítimamente. Alegre, pues, al alma la grandeza de los premios, pero no tema las fatigas de la lucha. Por eso, a los que a Él acuden dice la Verdad: Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y a su madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y a las hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. 

2. Más pláceme poner en claro: ¿cómo es que se nos manda aborrecer a los padres y a los allegados de la sangre, siendo así que tenemos precepto de amar aun a los enemigos? Porque cierto es que la Verdad, refiriéndose a la esposa, dice (Mt 9, 6): Lo que Dios unió no lo separe el hombre; y San Pablo dice (Ef 5, 25): Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a su Iglesia. 

Ya lo veis; el discípulo predica que se debe amar a la mujer, siendo así que el Maestro dice: Quien no aborrece… a su mujer, no puede ser mi discípulo. ¿Será que el Juez anuncia una cosa y el Predicador publica otra distinta? ¿O es que podemos amar y aborrecer a la vez? 

Pero, si examinamos agudamente el sentido del precepto, lo uno y lo otro podemos hacerlo discrecionalmente, de manera que amemos a la esposa y a los que nos están unidos por parentesco carnal y también a cuantos reconocemos por prójimos, y que desconozcamos por tales, aborreciéndolos y huyéndolos, a cuantos sentimos como adversarios en el camino de Dios; pues viene a ser amado, diríamos que por medio de ese odio quien no es atendido cuando, por juzgar carnalmente, nos induce al mal; y el Señor, para demostrar que este odio para con el prójimo no procede de malevolencia, sino de caridad, a continuación añade, diciendo: Y aun su misma vida. Luego se nos manda aborrecer a los prójimos y aborrecer nuestra propia vida; consta, pues, que cumple el deber de odiar al prójimo amándole quien le odia como a sí mismo; porque nosotros odiamos bien nuestra vida cuando no consentimos en sus carnales deseos, cuando mortificamos sus concupiscencias y nos oponemos constantes a sus placeres, de manera que, una vez despreciadas estas cosas, se encamina a lo mejor, y así viene a ser amada como por el odio. 

Así, así es como a la esposa y a nuestros prójimos debemos mostrar el odio, amando a la vez lo que son y odiando lo que nos estorban en el camino de Dios. 

3. En efecto, cuando San Pablo se encaminaba a Jerusalén, el profeta Agabo cogió su cinturón y ató sus pies, diciendo (Hch 21, 11): Así atarán en Jerusalén al varón de quien es este cinto. Mas éste, que odiaba perfectamente su vida, ¿qué decía? Yo no sólo estoy dispuesto a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre de Jesucristo (Hch 21, 13); ni tengo mi vida por más preciosa que yo (Hch 20, 24). He ahí cómo, amándola, odiaba su vida, la cual deseaba entregar a la muerte por Jesús, para que, muriendo al pecado, resucitara a la vida. 

Por tanto, copiemos de esta discreción en odiarnos el modo de odiar al prójimo; ámese en este mundo a todos, aunque sea al enemigo; pero ódiese al que se nos opone en el camino de Dios, aunque sea pariente; porque quien ya aspira a lo eterno, en ese camino que ha emprendido por la causa de Dios debe hacerse extraño al padre, a la madre, a los hijos, a los parientes y aun a sí mismo, para conocer a Dios tanto mejor cuanto que, por El, no conoce a nadie, pues mucho es lo que fustigan al alma y ofuscan su perspicacia los afectos carnales, los cuales, sin embargo, nunca nos dañarán si los dominamos, reprimiéndolos. 

Debemos, pues, amar a los prójimos; debemos tener caridad con todos, con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos.

4. Además, sabemos que, cuando era trasladada desde la tierra de los filisteos a la tierra de Israel el arca del Señor, fue colocada sobre un carro, al cual fueron uncidas vacas que se dice eran recién paridas y que sus terneros quedaron encerrados en casa; y está escrito (1 R 6, 12): Y las vacas iban vía recta por el camino que conduce a Bethsames y marchaban por un mismo camino andando y mugiendo y no se desviaban ni a la derecha ni a la izquierda.

Ahora bien, ¿a quién figuran las vacas sino a cualquiera de los fieles que hay en la Iglesia, y que, cuando consideran los preceptos de la Sagrada Escritura, llevan como puesta sobre ellos el arca del Señor?

Es de notar que de estas vacas se refiere que eran recién paridas; es decir, que hay muchos que, colocados interiormente en el camino del Señor, exteriormente están ligados con afectos carnales, pero no se desvían del camino recto, porque llevan en el alma el arca del Señor.

Y ved que las vacas se encaminan a Bethsames. Ahora bien, Bethsames significa casa del sol, y el profeta (Ml 4, 2) dice: Más para vosotros, que teméis mi nombre, nacerá el sol de justicia. Luego, si nos encaminamos a la casa del Sol eterno, justo es, en verdad, que no nos desviemos del camino del Señor por causa de los afectos carnales.

También debe ponerse toda la atención en que las vacas, uncidas al carro del Señor, van camino adelante y mugen. Gimen interiormente, pero, con todo, no desvían del camino sus pasos. Sin duda de este modo deben mantenerse dentro de la santa Iglesia tanto los predicadores como los fieles, compadeciéndose caritativamente de los prójimos, pero sin salirse del camino del Señor por causa de tal compasión.

5. Y cómo deba mostrarse este odio a la vida, la misma Verdad lo declara, diciendo luego: Quien no carga con su cruz y no viene en pos de mí, tampoco puede ser mi discípulo. Bien: se llama cruz—de cruciatur—el sufrimiento; y de dos maneras cargamos con la cruz del Señor: o cuando mortificamos la carne con la abstinencia, o cuando, compadecidos del prójimo, reputamos por nuestra la necesidad suya; pues quien muestra dolerse de la necesidad ajena, lleva la cruz en el alma.

Mas es de saber que hay algunos que soportan la abstinencia de la carne, no por Dios, sino por vanagloria; y son muchos los que se compadecen del prójimo, no espiritual, sino carnalmente, de suerte que con su compasión le estimulan, no a la virtud, sino al pecado; y así, éstos parece, sí, que llevan la cruz, pero no siguen al Señor. Por eso dice bien la misma Verdad: Quien no carga con su cruz y además no viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

Llevar, pues, la cruz e ir en pos del Señor es o afligir la carne con privaciones o compadecerse del prójimo conforme a la voluntad eterna de Dios; porque quien esto hace por un gusto temporal, lleva, sí, la cruz, pero no quiere ir en pos del Señor.

6. Ahora bien, como se han dado preceptos de cosa sublime, en seguida se agrega el símil de un edificio alto, diciendo: Pues ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no echa primero despacio sus cuentas, para ver si tiene recursos bastantes con que acabarla? No le suceda que, después de haber echado los cimientos y no pudiendo concluirla, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él diciendo: Ved ahí un hombre que comenzó a edificar y no pudo rematar.

Debemos premeditar todo lo que hacemos, porque ahí tenéis que, según dice la Verdad, quien edifica una torre prepara antes los recursos para el edificio; luego, si  deseamos construir la torre de la humildad, debemos prepararnos primero contra las adversidades de este mundo.

Pero entre el edificio terreno y el celeste hay esta diferencia: que el terreno se construye reuniendo caudales, pero el celeste repartiéndolos; reunimos caudales para aquél recogiendo lo que no tenemos; para éste reunimos caudales dejando lo que tenemos.

No pudo reunir estos caudales aquel rico que, siendo dueño de muchas posesiones, preguntó al Señor diciendo (Lc 18, 18): Maestro bueno, ¿qué podré yo hacer para alcanzar la vida eterna?, y que, habiendo oído que se le aconsejaba dejar todas las cosas, se retiró triste y apesadumbrado en el alma, precisamente por eso, porque exteriormente poseía muchos bienes; pues como en esta vida tenía los caudales de la grandeza, no quiso tener los caudales de la humildad para encaminarse a la vida eterna.

Pero es de considerar que se dice: Cuantos lo vieren, comenzarán a burlarse de él; porque, según dice San Pablo (1 Co 4, 9), servimos de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres; así que en todo lo que hacemos debemos tener en cuenta a nuestros enemigos, los cuales acechan siempre nuestros actos y siempre se congratulan de nuestros defectos. Mirando a los cuales (enemigos), el profeta dice (Sal 24, 2): Dios mío, yo confío en ti; no me veré avergonzado, ni mis enemigos se reirán de mí. De manera que, si al realizar nuestras obras no estamos alerta contra los espíritus malignos, sufriremos las burlas de los mismos que nos incitan al mal.

Y después que se ha puesto el símil de la construcción de un edificio, agrégase otro símil, procediendo de lo menos a lo más, para que de las cosas menores se piense en las mayores. Y así prosigue: ¿O cuál es el rey que, habiendo de hacer guerra contra otro rey, no considera primero despacio si podrá con diez mil hombres hacer frente al que con veinte mil viene contra él? Que, si no puede, despachando una embajada cuando está el otro todavía lejos, le ruega con la paz.

Un rey va decidido a luchar contra otro rey, y, sin embargo, si considera que no puede resistirle, envía una embajada y pide la paz. ¿Con qué lágrimas, pues, debemos solicitar la paz nosotros, que en aquel tremendo examen no acudimos de igual a igual con nuestro juez, ya que nos hacen indudablemente inferiores la flaqueza de nuestra condición y nuestra causa?

Pero tal vez hemos desechado ya de nosotros las culpas de nuestras malas obras, ya evitamos al exterior todo mal; y qué, ¿acaso podremos dar buena cuenta de nuestros pensamientos? Porque se dice que viene con veinte mil hombres aquel contra el cual no puede éste que viene con diez mil; pues de diez mil a veinte mil es como de sencillo a doble. Ahora bien, nosotros, cuando mucho adelantamos, apenas mantenemos en rectitud nuestras obras exteriores; porque, si ya ha sido arrancada de nuestra carne la lujuria, todavía no ha sido totalmente arrancada del corazón; más Aquel que viene a juzgar, juzga igualmente lo exterior y lo interior y examina por igual las obras y los pensamientos. Viene, pues, con doble ejército contra sencillo quien nos examina a la vez de las obras y de los pensamientos, cuando apenas estamos preparados para responder de una sola obra.

¿Qué debemos, por tanto, hacer, hermanos carísimos, viendo que no podemos hacer frente con un ejército sencillo a un ejército doble, sino enviar una embajada y solicitar la paz, ahora, cuando todavía está lejos, pues se dice que está lejos porque no está aún presente por el juicio?

Enviémosle de embajadoras nuestras lágrimas; enviémosle obras de misericordia; sacrifiquemos en su altar hostias pacíficas; reconozcamos que nosotros no podemos contender con El en juicio; consideremos su poder y su fortaleza y pidámosle la paz. Esta es la embajada nuestra que aplaca al Rey que viene.

Pensad, hermanos, cuán benigno es, pues que tarda en venir, sabiendo que puede confundirnos con su venida. Enviémosle, como hemos dicho, nuestra embajada llorando, haciendo limosnas, ofreciendo sacrificios. Y para obtener nuestro perdón sufraga de un modo particular el santo sacrificio del altar ofrecido con lágrimas y con fervor del alma; porque Aquel que, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere, todavía en este sacrificio padece místicamente por nosotros; pues cuantas veces ofrecemos el sacrificio de su pasión, otras tantas renovamos su pasión para absolución nuestra.

8. Muchos de vosotros, hermanos carísimos, conocéis ya, según creo, esto que quiero traer a vuestra memoria refiriéndolo.

Se cuenta haber sucedido, no hace mucho tiempo, que cierto individuo fue hecho prisionero de sus enemigos y transportado muy lejos; y después de estar largo tiempo en prisiones, su mujer, no teniendo noticia alguna de su cautiverio, pensó que había muerto. Todas las semanas cuidaba de ofrecer sacrificios por él, como si ya fuera difunto; y cuantas veces su mujer ofrecía sacrificio en sufragio de su alma, otras tantas se le desataban las cadenas en la prisión. Habiendo vuelto no mucho después, admirado en extremo, refirió a su mujer que en determinados días cada semana se le desataban sus cadenas; y su mujer, fijándose en los días y en las horas, reconoció que él quedaba desatado cuando ella se acordaba de ofrecer por él sacrificios.

Por tanto, de aquí, hermanos carísimos, colegid de aquí, como cosa cierta, de cuánto vale para desatar las ligaduras del corazón el santo sacrificio ofrecido por nosotros, puesto que, ofrecido por otros, pudo en éste desatar las ligaduras del cuerpo.

9. Muchos de vosotros, hermanos carísimos, habéis conocido a Casio, obispo de Narni, quien acostumbraba a ofrecer el santo sacrificio a Dios cada día, de modo que apenas si pasó un solo día de su vida en que no inmolase a Dios omnipotente la hostia pacifica; con el cual sacrificio iba también muy acorde su vida; pues, distribuyendo en limosnas cuanto tenía, cuando se acercaba a la hora de ofrecer el sacrificio, como deshaciéndose en lágrimas, inmolábase a sí mismo con grande contrición de corazón. Yo he conocido su vida y su muerte por referencia de cierto diácono de vida venerable que había sido familiar suyo; y contaba que cierta noche habíase aparecido en visión a su presbítero el Señor, diciendo: Ve y di al obispo: Persevera en lo que haces y mantente en tus buenas obras; no descanse tu pie ni des paz a la mano; en el natalicio de los Apóstoles vendrás a mí y te daré tu recompensa. Levantóse el presbítero; pero, por estar tan próximo el día del natalicio de los Apóstoles, temió anunciar a su obispo el día de su próxima muerte. Volvió el Señor otra noche y le reprendió fuertemente su desobediencia y repitió las mismas palabras de su encargo. Entonces el presbítero se levantó para ir, más de nuevo la flaqueza de ánimo impidió manifestar la revelación, y también se resistió a llevar el aviso del repetido mandato y descuidó el manifestar lo que había visto. Pero, como a la gran mansedumbre suele seguir mayor ira en vengar la gracia despreciada, apareciendo el Señor en una tercera visión, a las palabras añadió ya los azotes, y fue molido con tan severos golpes para que las heridas del cuerpo ablandaran la dureza del corazón. Levantóse, pues, aleccionado por el castigo, y corrió en busca del obispo, al que halló ya dispuesto, según costumbre, a ofrecer el santo sacrificio ante el sepulcro del santo mártir Juvenal; llamóle aparte de los circunstantes y se postró a sus pies. El obispo, al verle derramar abundantes lágrimas, a duras penas si pudo levantarle, y procuró conocer la causa de sus lágrimas. Pero él, para referir ordenadamente la visión, quitándose primero de los hombros el vestido, descubrió las heridas de su cuerpo, testigos, por decirlo así, de la verdad y de su culpa, y mostró en las heridas recibidas con cuánto rigor habían surcado sus miembros los azotes. Apenas visto lo cual por el obispo, horrorizóse y, con grande asombro, preguntó a voces quién se había atrevido a hacer con él tal cosa. Más él respondió que él mismo había sido castigado por su culpa. Acrecióse con el terror la admiración, pero, sin dar ya más treguas a las preguntas de aquél, el presbítero descubrió el secreto de la revelación y le refirió las palabras del mandato del Señor que había oído, diciendo: Persevera en lo que haces, mantente en tus buenas obras, no descanse tu pie ni des paz a tu mano; en el natalicio de los Apóstoles vendrás a mí y te daré tu recompensa. Oído lo cual, el obispo postróse en oración con gran contrición de corazón, y el que había venido a ofrecer el sacrificio a la hora de tercia, retrasóle hasta la hora de nona por haber prolongado tanto su oración. Y ya desde entonces acrecentáronse más y más los progresos de su piedad, y se hizo tan fuerte en el bien obrar cuanta era su seguridad de la recompensa, por lo mismo que con tal promesa había comenzado a tener por deudor al mismo a quien había sido deudor. Más había tenido éste la costumbre de acudir a Roma todos los años el día del natalicio de los Apóstoles, y ya, prevenido con esta revelación, no quiso venir, según costumbre. Estuvo, pues, cuidadoso en aquel mismo tiempo y pendiente de la esperanza de su muerte; y así el segundo año y también el tercero, y del mismo modo el cuarto, el quinto y el sexto; y ya podía desconfiar de la revelación si los azotes no atestiguasen las palabras. Más he aquí que, habiendo llegado sano a las vigilias el séptimo año, durante ellas acometióle una fiebrecilla, y, en el mismo día del natalicio, a los hijos fieles que le esperaban declaró que no podía celebrar las solemnidades de la misa; pero ellos, que también estaban temerosos de su muerte, acudieron todos juntos a él obligándose unánimes a no consentir que en aquel día se celebraran las solemnidades de la misa a no ser que su mismo prelado se presentara ante el Señor a interceder por ellos. El entonces, conmovido, celebró misa en el oratorio episcopal y dio a todos por su mano el cuerpo del Señor y la paz; y terminado todo lo pertinente al oficio del sacrificio ofrecido, volvió al lecho, y, estando allí, como viera que le rodeaban sus sacerdotes y ministros, como dándoles el último adiós, exhortábalos a conservar el vínculo de la caridad y les predicaba con cuánta concordia debieran unirse entre sí, cuando en esto que de repente, entre las palabras de la santa exhortación, clamó con voz aterradora, diciendo: «Ya es hora»; y al punto él mismo, con sus propias manos, dio a los que le asistían el lienzo que, según costumbre en los que morían, se le pondría sobre su rostro. Extendido el cual, expiró; y de este modo, aquella alma santa, al llegar a los gozos eternos, quedó libre de la corrupción del cuerpo.

¿A quién, hermanos carísimos, a quién ha imitado este santo varón en su muerte sino a Aquel a quien había contemplado en su vida? Pues al decir: «Ya es hora», salió de su cuerpo, lo mismo que Jesús, cumplidas todas las cosas, habiendo dicho (Jn 19, 30): Todo está cumplido, inclinando su cabeza, entregó su espíritu. De modo que lo que el Señor hizo en virtud de su poder, eso mismo hizo su siervo en virtud de su vocación.

10. Ved qué grande paz obró por gracia, al venir el Señor, aquella embajada de la Hostia diaria enviada por medio de limosnas y de lágrimas.

Deje, pues, el que pueda, todas las cosas; y quien no puede las todas, mientras todavía está lejos el Rey, envíe embajada de lágrimas y de limosnas, ofrezca dones de sacrificios.

Quien sabe que, airado, no se le puede soportar, quiere ser aplacado con ruegos. El detenerse todavía es porque espera la embajada de la paz. Ya habría venido, ya, si quisiera; y habría deshecho a todos sus enemigos.

Mas también cuán terrible vendrá lo da a conocer; y, no obstante, retrasa su venida, porque no quiere encontrar a quienes castigar, antes nos echa en cara la culpa de nuestro abandono, diciendo: Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo; y, con todo, nos ofrece el medio de esperar la salud, ya que quien no puede ser resistido cuando está airado, quiere ser aplacado con que se le pida la paz.

Así que, hermanos carísimos, lavad con lágrimas las manchas de vuestros pecados, cubridlos con limosnas, expiadlos con sacrificios. No pongáis el corazón en las cosas que todavía no habéis dejado de usar; poned vuestra esperanza solamente en el Redentor y vivid con el pensamiento en la vida eterna. Pues, si ya no tenéis puesto el amor en cosa alguna de este mundo, ya habéis dejado todas, aun poseyéndolas.

Concédanos los gozos deseados el mismo que nos ofrece el medio de obtener la paz eterna, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Libro II, Homilía XVII [37], BAC Madrid 1958, p. 741-48

 

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