viernes, 6 de septiembre de 2013

Domingo XXIII (ciclo c) Catena Aurea

Lucas 14, 25-33
Y muchas gentes iban con El: y volviéndose les dijo: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz a cuestas, y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo".
"Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no cuenta primero de asiento los gastos que son necesarios, viendo si tiene para acabarla? No sea que después que hubiere puesto el cimiento, y no la pudiese acabar, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él diciendo: este hombre comenzó a edificar y no ha podido acabar. ¿O qué rey queriendo salir a pelear con otro rey, no considera antes de asiento, si podrá salir con diez mil hombres a hacer frente al que viene contra él con veinte mil? De otra manera, aun cuando el otro está lejos, envía su embajada pidiéndole tratado de paz. Pues así cualquiera de vosotros que no renuncie a lo que posee no puede ser mi discípulo".

San Gregorio, homil. 37, in Evang
El alma se enardece cuando oye hablar de los premios de la gloria y quisiera encontrarse allí, en donde espera gozar eternamente. Pero los grandes premios no pueden alcanzarse sino por medio de grandes trabajos. Por esto se dice: "Y muchas gentes iban con El y volviéndose les dijo".

Teofilacto
Como muchos de los que le seguían no lo hacían con todo afecto, sino con tibieza, da a conocer cómo debe ser su discípulo.

San Gregorio, ut sup
Pero debe examinarse por qué se nos manda aborrecer a nuestros padres y a nuestros parientes carnales 1, cuando se nos manda amar a nuestros enemigos. Si examinamos el sentido del precepto, veremos que podemos hacer una y otra cosa con discreción, de modo que amemos a los que están unidos con nosotros por los vínculos de la carne y que conocemos como prójimos, e ignoremos y huyamos de los que encontremos como adversarios en los caminos del Señor. Pues no escuchando al que, sabio según la carne, nos conduce al mal venimos a amarlo, por decirlo así, con nuestro odio.

San Ambrosio
Pero no manda el Señor desconocer la naturaleza, ni ser cruel e inhumano, sino condescender con ella, de modo que veneremos a su autor y que no nos separemos de Dios por amor de nuestros padres.

San Gregorio, ut sup
El Señor, para dar a conocer que este odio hacia los prójimos no debe nacer de la afección o de la pasión, sino de la caridad, añadió lo que sigue: "Y aun también su vida". Porque es evidente que amando debe aborrecer al prójimo el que lo aborrece como a sí mismo, puesto que aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora, puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio 2.

San Cirilo
No debe aborrecerse la vida, que aun el mismo San Pablo conservó en su cuerpo con el fin de poder anunciar a Jesucristo. Pero cuando convenía despreciar la vida para dar término a su carrera, confiesa que no es de ningún precio para él ( Hch 20,24).

San Gregorio, ut sup
Manifiesta cuál debe ser este aborrecimiento de la vida añadiendo: "Y el que no lleva su cruz a cuestas", etc.

Crisóstomo
No dijo esto para que llevemos una verdadera cruz sobre nuestros hombros, sino para que tengamos siempre la muerte ante nuestros ojos. Así era como moría todos los días San Pablo ( 1Cor 15) y despreciaba la muerte.

San Basilio
Tomando la cruz anunciaba la muerte del Señor, diciendo ( Gál 6,14): "El mundo está crucificado para mí y yo lo estoy para el mundo", lo cual anticipamos nosotros por el bautismo, en que nuestro hombre viejo es crucificado, para que se destruya el cuerpo del pecado.

San Gregorio, ut sup
O porque la palabra cruz quiere decir tormento, nosotros llevamos la del Señor de dos maneras: cuando mortificamos la carne por la abstinencia, o cuando hacemos nuestras las aflicciones de nuestros prójimos por la compasión. Pero como algunos hacen ver las mortificaciones de su carne, no por Dios, sino por vanagloria y son compasivos, no espiritual, sino materialmente, con razón añade: "Y viene en pos de mí". Llevar la cruz e ir en pos de Jesucristo, es lo mismo que guardar la abstinencia de la carne y compadecerse del prójimo con el afán de ganar la eterna bienaventuranza.

San Gregorio, in Evang hom. 37
Porque los sublimes mandamientos han sido dados, añade en seguida la comparación de un gran edificio diciendo: "Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, sentándose primero, no cuenta los gastos?", etc. Por tanto, todo lo que hacemos debemos prepararlo con la meditación debida. Si proyectamos levantar la torre de la humildad, primeramente debemos prepararnos a sufrir las adversidades de este mundo.

San Basilio, in Esai. 2, capítulo visio. 2
Una torre es una atalaya alta para defender una ciudad y para observar las acometidas de los enemigos. A modo de una torre de esta clase se nos ha dado el entendimiento para conservar los bienes y prever los males. El Señor nos mandó que nos sentásemos para calcular al empezar la edificación si podríamos concluirla.

San Gregorio Niceno, De virg. cap. 18
Se debe perseverar para llegar al término de toda ardua empresa, observando los mandamientos de Dios para consumar esta obra divina. Porque ni la fábrica de la torre es una sola piedra, ni el cumplimiento de uno solo de los preceptos puede conducir al alma a la perfección, sino que debe existir el cimiento. Y, según el Apóstol ( 2Cor 3), sobre éste se han de colocar las piezas de oro, de plata y piedras preciosas. Por esto sigue: "No sea que después que hubiese puesto el cimiento", etc.

Teofilacto
No debemos, pues, poner el cimiento -esto es, empezar a seguir a Jesucristo- y no dar fin a la obra como aquellos de quienes dice San Juan ( Jn 6,66) que muchos de sus discípulos se retiraron. Puede considerarse también como fundamento por ejemplo la enseñanza de la palabra sobre la abstinencia. Es necesario, pues, a dicho fundamento el edificio de las obras, para que podamos terminar la torre de la fortaleza contra el enemigo ( Sal 3,4). De otro modo aquel hombre sería objeto de burla para todos los que lo viesen, ya fuesen hombres ya demonios.

San Gregorio, ut sup
Porque si cuando nos ocupamos de buenas obras no vigilamos con cuidado contra los espíritus malignos, seremos objeto de burla de los que al mismo tiempo nos aconsejan el mal. Pero de esta comparación pasa a otra más elevada, para que las cosas más pequeñas nos hagan pensar en las más grandes y dice: "O qué rey queriendo salir a pelear contra otro rey, no se sienta primero y considera si podrá salir con diez mil hombres, a hacer frente al que viene contra él con veinte mil"

San Cirilo, in Cat. graec. Patr
Es nuestro deber pelear contra los espíritus del mal que están en el aire ( Ef 6). Nos asedia una multitud de otros enemigos: el azote de la carne, la ley del pecado que impera en nuestros miembros y varias pasiones. He aquí la temible multitud de enemigos.

San Agustín De quaest. Evang. 2, 31
O los diez mil que han de pelear con el rey que tiene veinte mil representan la sencillez del cristiano, que ha de pelear contra la doblez del diablo.

Teofilacto
El rey que domina en nuestro cuerpo mortal es el pecado ( Rom 6), pero nuestro entendimiento también ha sido constituido en rey. Por tanto, el que quiera pelear contra el pecado, piense consigo mismo y con toda su alma. Porque los demonios son los satélites del pecado, que parecen ser veinte mil contra nuestros diez mil. Porque siendo incorpóreos, comparados con nosotros que somos corpóreos, parece que tienen mucha mayor fuerza.

San Agustín, ut sup
Así como dijo el Señor que no debemos trabajar en la torre que no podamos concluir, con el fin de que no nos ultrajen diciendo: este hombre empezó a edificar y no pudo concluir, así en lo del rey con quien hay que pelear, denunció la paz misma cuando dijo: "De otra manera, cuando el otro está lejos, envía su embajada pidiéndole tratados de paz", significando también que no podrán resistir las tentaciones con que nos amenaza el demonio aquéllos que, aunque renuncien a todo lo que tienen, hacen con él la paz consintiendo en cometer pecados.

San Gregorio, ut sup
O bien en aquel tremendo juicio no vamos a nuestro rey como iguales porque diez mil contra veinte mil suyos, es como uno contra dos. Viene a pelear con un ejército doble en contra del sencillo. Porque sólo estamos preparados por la obra y El discute a la vez nuestra obra y nuestro pensamiento. Cuando todavía está lejos el que no aparece aún para el juicio, enviémosle en embajada nuestras lágrimas, nuestras obras de misericordia, nuestros sacrificios de propiciación. Esta es nuestra embajada, que aplaca al rey que viene.

San Agustín Ad Laetam epist. 38
Nos declara el sentido de estas parábolas diciendo en esta ocasión: "Pues así cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo". Por tanto, el dinero para edificar la torre y la fuerza de diez mil contra el rey que viene con veinte mil, no significan otra cosa sino que cada uno renuncie a todo lo que posee. Lo dicho antes concuerda con lo que ahora se dice, porque en renunciar cada uno a todo lo que posee se incluye también el aborrecer a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun su propia vida 3. Todas estas cosas son propias de cada uno y son obstáculo e impedimento para obtener, no lo temporal y transitorio, sino lo que es común a todos y habrá de subsistir siempre.
 
San Basilio
El Señor se propone con los ejemplos citados no facultar o dar licencias a cada uno para que se haga o no discípulo suyo, como puede uno no poner el cimiento o no tratar de la paz, sino manifestar la imposibilidad de agradar a Dios entre aquellas cosas que distraen el alma y la ponen en peligro, haciéndola más accesible a las asechanzas y astucias del enemigo.

Beda
Hay diferencia entre renunciar a todas las cosas y dejarlas, porque es de un pequeño número de perfectos el dejarlas -esto es, posponer los cuidados del mundo- mientras que es de todos los fieles el renunciarlas -esto es, tener las cosas del mundo de tal modo que por ellas no estemos ligados al mundo-.
 
Notas
1. "Aborrecer" es un modo semítico (hebreo) de expresar un amor único, que no permite comparación en el plano de la igualdad. En este caso, se refiere al amor a Jesús, como se ve también en Mt 10, 37. Es claro que se refiere a que el amor al padre, a la madre y/o a los hijos no puede compararse con el amor que debemos tener al Señor Jesús.
2. En un lenguaje que hoy nos podría sonar algo negativo, los Padres quieren indicar, con la palabra "odio", el rechazo del pecado que hay en el hombre, y el esfuerzo ascético por dar muerte al hombre viejo. "Aborrecerse a sí mismo" quizá podría traducirse hoy por: "amarse rectamente a sí mismo", en el sentido ascético antes mencionado.
Notas
3. "Aborrecer" en el sentido indicado en la nota anterior.

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