sábado, 17 de agosto de 2013

Domingo XX (ciclo c) Catena Aurea

Lucas 12,49-53
"Fuego vine a poner en la tierra: ¿Y qué quiero sino que arda? Con Bautismo es menester que yo sea bautizado: ¿Y cómo me angustio hasta que se cumpla? ¿Pensáis que soy venido a poner paz en la tierra? Os digo que no, sino división. Porque de aquí adelante estarán cinco en una casa divididos, los tres estarán contra los dos, y los dos contra los tres. Estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra su padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre: la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra".
San Ambrosio
A los administradores -esto es, a los sacerdotes- es a quienes parece referirse lo que precede, para que sepan que habrán de padecer terriblemente en la otra vida, si cuidándose sólo de las diversiones mundanas, se olvidan de gobernar bien la grey del Señor que les ha sido encomendada. Pero como el separarse del error por miedo al castigo es poco adelanto, así es mayor la prerrogativa de la caridad y del amor. Por esto el Señor los excita a desear poseer a Dios, diciendo: "Fuego vine a poner a la tierra". No aquél que consume los bienes, sino el que produce la buena voluntad que mejora los vasos de oro de la casa del Señor y reduce a cenizas el heno y la paja.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr
En algunas ocasiones en la Sagrada Escritura se acostumbra llamar fuego a la palabra sagrada y divina, porque así como los que quieren purificar el oro y la plata les quitan toda la escoria con el fuego, así el Salvador, por la palabra evangélica en la virtud del Espíritu, purifica la inteligencia de los que creen en El. Este es el fuego saludable y útil por el cual los moradores de la tierra, de algún modo fríos y endurecidos por el pecado, se calientan y enardecen por la vida santa.
 Crisóstomo, in eadem Cat. graec
Ahora llama tierra no precisamente a la que pisamos con los pies, sino a la que El formó con sus manos, es decir el hombre, en quien Dios infunde su fuego para consumir el pecado y renovar su alma.

Tito Bostrense
Debe entenderse que vino del cielo, porque si hubiere venido de la tierra a la tierra, no diría: "Fuego vine a poner en la tierra".
San Cirilo, ubi supra
El Señor atizaba el incendio de este fuego. Por lo que prosigue: "¿Y qué quiero sino que arda?" Creían ya algunos de Israel -de los que los primeros fueron los discípulos-, pero este fuego, una vez encendido en Judea, debía extenderse por todo el mundo cuando hubiese terminado su pasión. Por lo que sigue: "Con Bautismo es menester que yo sea bautizado". Y como antes de la pasión y de su resurrección de entre los muertos, sólo se hacía mención de su doctrina y de sus milagros en Judea, después que los impíos mataron al autor de la vida, dijo a sus discípulos ( Mt 28,19): "Id y enseñad a todas las gentes".
San Gregorio, sup. Ezech., hom. 12
O bien: el fuego se manda a la tierra cuando el soplo abrasador del Espíritu Santo libra al espíritu humano de sus deseos carnales. Llora lo malo que ha hecho cuando es inflamado en el amor espiritual y así arde la tierra cuando el corazón del pecador se consume en el dolor de la penitencia, acusado por su conciencia.
Beda
Después añade: "Con bautismo es menester que yo sea bautizado"; esto es, primero debo ser bañado con la propia sangre que yo he de derramar y así he de inflamar los corazones de los que creen con el fuego del Espíritu Santo.
San Ambrosio
La misericordia del Señor es tan grande, que dice que lo obliga el deseo de infundirnos la devoción y consumar nuestra perfección, como también de apresurar su pasión por nosotros. Por esto sigue: "Y cómo me angustio hasta que se cumpla". Dicen algunos códices coangor, esto es, me entristezco. No teniendo en sí nada que lo aflija, se aflige por nuestras desgracias y en el tiempo de la muerte mostraba tristeza que no tenía por miedo de su muerte, sino por la tardanza de nuestra redención: así que se angustia hasta que llega el momento, pero una vez que ha llegado se tranquiliza, porque no es la muerte lo que teme sino la condición de la naturaleza corporal. Habiendo asumido la naturaleza humana debía pues sufrir todo lo que es propio del cuerpo, como tener hambre, afligirse y contristarse. Pero la divinidad no puede inmutarse por estos afectos. Manifiesta también que en la lucha de la pasión la muerte del cuerpo fue el término de su angustia y no aumento de su dolor.
Beda
Manifiesta cómo la tierra ha de ser abrasada después del bautismo de su pasión y de la venida del fuego espiritual, añadiendo: "¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra?" etc.
San Cirilo, ubi sup
¿Qué dices, Señor? ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz ( Ef 2), estableciendo la unión entre el cielo y la tierra por tu cruz ( Col 1), tú que has dicho: "Os doy mi paz" ( Jn 14,27)? Pero es bien sabido que la paz es útil, como también puede ser dañosa y separar del amor divino, que es por lo que toleramos a los que se alejan de Dios y por lo cual se enseñó a los fieles que evitasen el trato con los mundanos. Por esto sigue: "Porque de aquí en adelante estarán cinco en una casa divididos: tres contra dos", etc.
 
San Ambrosio
Aunque parece un hecho la subordinación entre seis personas (la del padre y del hijo, de la madre y de la hija, de la suegra y de la nuera), sólo se dice de cinco, porque la madre y la suegra suelen ser una sola persona: la que es madre del hijo es nuera de la mujer.
Crisóstomo, ubi sup
Con esto dice lo que habría de suceder. Podría acontecer que en una misma casa hubiera alguno que fuese fiel y que su padre quisiese llevarlo a la infidelidad. Pero prevaleció tanto la fuerza de la doctrina de Jesucristo, que los hijos abandonaban a sus padres, las hijas a las madres y los padres a los hijos. Convino, pues, que los fieles de Jesucristo no sólo desprecien lo propio, sino también que lo sufran todo, con tal de que no abandonen la fe. Si El hubiese sido un puro hombre, ¿cómo hubiera podido pensar que los padres habían de amarlo más que a sus hijos, los hijos más que a sus padres, los maridos más que a sus mujeres, y esto no en una casa o cien, sino en todo el mundo? Y no sólo predijo esto, sino también lo enseñó con la obra.
San Ambrosio
En sentido místico, esta casa es el hombre. Leemos con frecuencia que el cuerpo y el alma son dos. Ahora, si están conformes los dos constituyen uno solo: uno que sirve al otro que manda. Las afecciones del alma son tres: una razonable, otra concupiscible y la tercera irascible. Por lo tanto, dos se dividen contra tres y tres contra dos. Porque después de la venida de Jesucristo, el hombre que era irracional se hizo racional. Eramos carnales y terrenos, mandó el Señor su espíritu a nuestros corazones ( Gál 4) y nos hicimos sus hijos espirituales. También podemos decir que en esta casa hay otros cinco, esto es: el olor, el tacto, el gusto, la vista y el oído. Por tanto, si según lo que oímos o leemos por el oído y la vista, rechazamos las voluptuosidades superfluas del cuerpo que se perciben por el gusto, el tacto y el olor, dividimos dos contra tres; porque el alma no cede a los halagos del vicio. Por el contrario, si admitimos los cinco sentidos corporales, los vicios del cuerpo y los pecados se dividen. Pueden también verse separadas la carne y el alma por el olor, el tacto y el gusto de la lujuria. Porque la razón, como más viril, se inclina a los afectos nobles, mientras que la carne trata de ablandar a la razón. Tal es el origen de las diversas pasiones voluptuosas. Pero cuando el alma vuelve sobre sí, reniega de estos herederos degenerados, la carne se duele ciertamente de estar unida a sus pasiones que ella misma engendró y que son como los zarzales del mundo y la voluptuosidad, como nuera, digámoslo así, del cuerpo y del alma, desposa estos movimientos de las malas pasiones. Todo el tiempo que en una casa existe la armonía indivisible por la mancomunidad de los vicios, no se ve, pues, ninguna división en ella. Pero cuando Jesucristo envió a la tierra el fuego que consume los delitos del corazón, o la espada con que penetra sus secretos, entonces el cuerpo y el alma, renovados por los misterios de la regeneración, rompieron su unión con su descendencia. Y por esto, los padres se separan de los hijos cuando el intemperante renuncia a la intemperancia y el alma rechaza el consorcio con la culpa. Los hijos se insurreccionan también contra los padres cuando, renovados los hombres, abandonan sus antiguos vicios y la voluptuosidad rechaza la norma de la piedad, como el adolescente rehúye la disciplina de una casa seria.
Beda
O también: tres representa a los que creen en el misterio de la Santísima Trinidad y dos a los infieles que prescinden de la unidad de la fe. El padre es el diablo, cuyos hijos somos cuando lo imitamos. Pero después que vino aquel fuego celestial, nos separó unos de otros y nos dio a conocer a otro Padre que habita en los cielos. La madre es la sinagoga. La hija es la Iglesia primitiva, que sufrió persecución en su fe por la misma sinagoga, de quien desciende y que la contradijo con la verdad de su fe. La suegra es la sinagoga. La nuera es la Iglesia de los gentiles, porque Jesucristo, esposo de la Iglesia, es hijo de la sinagoga, según la carne. La sinagoga, por tanto, se divide contra la nuera y contra la hija, a quienes persigue en los que creen de uno y otro pueblo. Y ellas están divididas contra la suegra y la madre, porque no quieren recibir la circuncisión carnal.

 

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