miércoles, 30 de enero de 2013

Zoología espiritual (3) almas murciélagos - San Manuel González García


Texto de San
 Manuel González García
en Granitos de Sal
Segunda Serie
Zoología espiritual
Las almas murciélagos

         Escena: La misma del articulejo anterior: El camino de la vida en forma de plano muy inclinado con su estación-infierno abajo y su estación-cielo arriba, y los desgraciados hijos de Adán y Eva subiendo y bajando, cada cual a su gusto, por el camino.
         Hemos de subir, y no gateando sino volando, decíamos. Pero no como los cigarrones que vuelan sin tino, sin saber a dónde van ni de dónde vienen, y que con el mismo entusiasmo vuelan hacia arriba como hacia abajo.
         Hemos de subir volando, repito hoy, pero no vayamos a volar tampoco como otra clase de insectos voladores, cuyos vuelos tienen unos cuantos peros muy sospechosos.

Me refiero a los murciélagos

¿Quién en su edad de niño no rindió tributo a la afición un tanto cruel de perseguir murciélagos?

¿Quién no se entretuvo en la tan divertida como poco caritativa tarea de levantar la caza de esos animalillos, aporreando con largas cañas los empolvorados cuadros de la iglesia, los rincones de las cornisas de la torre, los mechinales de su fachada?

Y después, cuando el desgraciado animal se daba por requerido y deslumbrado con la luz del día, caía en las manos de sus implacables perseguidores, ¡cuántas perrerías se perpetraban con el inofensivo vencido!

¿Quién no conoce al infeliz murciélago?

Tan tímido que no se atreve a volar más que de noche, de pupila tan blanda que es enemigo irreconciliable de la luz del día, y tan cortito de pies y endeble de alas que cuando se posa en tierra no puede levantar por sí solo el vuelo.

¡Y hay tantas almas murciélagos!

¡Les cuadra tan bien a no pocas esas singularidades!

¡Pues qué! ¿No conocéis a los católicos a oscuras?

En el rinconcito del coro de la iglesia, en la penumbra del hogar doméstico, en la intimidad de amigos del mismo pensar y sentir, ¡cuántos católicos hay!

Pero en mitad de la calle y del día, cuando hay que contestar a una blasfemia, o hincarse de rodillas porque pasa el santo Viático, en mitad de la tertulia del café; cuando se discute o se niega y se blasfema todo; en medio de las relaciones mercantiles, políticas, artísticas, en las que de ordinario nadie se preocupa del aspecto religioso y moral, en medio de las diversiones, modas y espectáculos públicos, de los que tan mal paradas suelen salir la fe, la piedad y la pureza…

¿Verdad que en medio de todo eso hay muy pocos católicos?

¿Verdad, por consiguiente, que merecen llamarse católicos a oscuras?

A oscuras, digo, porque no profesan su catolicismo y su piedad cristiana a la luz del día, sino a la sombra, y además, porque parecen dominados por un tenaz miedo a que se les muestre toda la luz de la fe que dicen profesar.

¡Dos miedos: el de la luz del día y el de la luz de la fe!

Propio de esos católicos a oscuras asustarse y hasta escandalizarse de que se les hagan ver la últimas consecuencias de la fe católica y de su conducta tan vacilante.

Tienen miedo no sólo de ser vistos sino de ver.

¿No los habéis oído hablar? Son

Católicos de pero

Sí, si, os dicen a toda reflexión que les hagáis enderezada a darles luz y meterlos en lógica. Sí, católicos, sí, pero…sin exageraciones, sin extremar la nota, sin sectarismos…Es decir católicos sí, pero a oscuras.

¡Pobres almas-murciélagos, dominadas siempre por el miedo a la luz!

¡Pobres almas, eternas amigas del candil e inesperables compañeras del apagaluces! ¿Si, por culpa de ellas nos habrán levantado a todos del oscurantismo…?

¡Pobres almas, voluntariamente condenadas a vivir enredadas entre las telarañas de los rincones y oscurecidas por el hollín de las chimeneas! Ellas, las que debían bañarse en luz, como hijas que son del Jesucristo Luz!

Sí, estudiad, examinad un poco a muchos de los católicos que os escandalizan con sus inconsecuencias,  vacilaciones, cobardías y promiscuaciones, y os convenceréis de que padecen del mal del murciélago, el miedo ala luz, ¡a tanta luz como irradia de la Cruz de Cristo!

Y tan endebles como son de pupila esos hermanos, lo son de pies y de alas, para que no falte la semejanza con el insecto de marras.

         Murciélago en tierra, os decía antes, es murciélago perdido, si no viene en su ayuda una mano generosa que lo levante y le facilite el vuelo; parece que queda pegado con cola a la tierra.

Exactamente igual ocurre a esas almas que vengo retratando. A fuerza de huir de la luz, se ponen anémicas, descoloridas, desmayadas: a veces llevadas de buen deseo, no del todo eficaz, y de buena intención, se arrancan a volar desde los mechinales de sus escondites religiosos, y vuelan bien y hasta con gracia. Pero como tengan que aterrizar para tratar aunque sea los asuntos de la vida ordinaria, ¡se acabó el vuelo, y allí se quedan pegadas! Son almas que no saben pasar por el fango sin elodarse o salpicarse, que no saben beber sin zambullir todo el cuerpo en el agua, que no saben encender la mecha en el fuego sin quemarse la mano. Son almas que no saben pasar por la tierra. 

¿No las conocéis? Son almas de voluntad débil, de crédito corto, de carácter irresoluto, para las cuales todo o casi todo es ocasión de pecado o tentación contra el deber.

El primer amigo que las solivianta, el primer libro que las incita, el primer revés que sufren, el primer placer que les ofrecen, cualquier cosilla que les llame un poco la atención, les sirve como de imán que las atrae, y al cual se adhieren, perdiendo la acción para toda otra cosa.

Y como la mano misericordiosa de Dios no la levante, aquella pobre alma, se queda perpetuamente pegada a aquel pedazo de tierra como el murciélago de mi cuento. Y amigos míos, ¡hay tantos murciélagos espirituales esperando el empujoncito misericordioso del Corazón de Jesús!

Dos propósitos para acabar con esa familia de murciélagos:

1° Amar nosotros toda la luz que brota des santo Evangelio y de nuestra profesión de católicos e irradiar sobre los demás esta luz con nuestra palabra, nuestra conducta y nuestra propaganda.

2° Dedicarnos a la útil tarea de levantar murciélagos caídos. ¡Hermoso oficio el de echar a volar almas!

Y siquiera en esto, volvamos a ser niños perseguidores de murciélagos…pero ¡sin perrerías!

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