martes, 29 de enero de 2013

Uno de los obstáculos más temibles de nuestra misión pastoral es la ignorancia del contenido de la fe - Benedicto XVI

DISCURSO DEL
SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
AL TERCER GRUPO
 DE OBISPOS FRANCESES
EN VISITA «AD LIMINA»

Viernes 30 de noviembre de 2012
Señor cardenal,
queridos hermanos en el episcopado:
Conservo siempre vivo el recuerdo de mi viaje apostólico a Francia con ocasión de las celebraciones por el 150° aniversario de las apariciones en Lourdes de la Inmaculada Concepción. Sois los últimos de los tres grupos de obispos de Francia en visita ad limina. Le agradezco, eminencia, sus cordiales palabras. Dirigiéndome a cuantos os han precedido, he abierto una especie de tríptico, cuya indispensable apoyo podría ser el discurso que os dirigí en Lourdes en 2008. El examen de este conjunto inescindible os será ciertamente útil y guiará vuestras reflexiones.
Sois responsables de regiones donde la fe cristiana se ha radicado muy pronto y ha dado frutos admirables. Regiones ligadas a nombres ilustres que han trabajado mucho por el arraigo y el crecimiento del Reino de Dios en este mundo: mártires como Potino y Blandina, grandes teólogos como Ireneo y Vicente de Lérins, maestros de espiritualidad cristiana como Bruno, Bernardo, Francisco de Sales y muchos más. La Iglesia en Francia se inscribe en una larga estirpe de santos, doctores, mártires y confesores de la fe. Sois herederos de una gran experiencia humana y de una inmensa riqueza espiritual que, sin ninguna duda, son por tanto para vosotros una fuente de inspiración en vuestra misión de pastores.
Estos orígenes y este pasado glorioso, siempre presentes en nuestro pensamiento y tan queridos para nuestro espíritu, nos permiten nutrir una gran esperanza, a la vez firme y audaz, en el momento de aceptar los desafíos del tercer milenio y escuchar las expectativas de los hombres de nuestra época, a las cuales sólo Dios puede dar una respuesta satisfactoria. La Buena Nueva que tenemos la tarea de anunciar a los hombres de todos los tiempos, de todas las lenguas y de todas las culturas, se puede resumir en pocas palabras: Dios, creador del hombre, en su Hijo Jesús nos da a conocer su amor por la humanidad: «Dios es amor» (cf. 1 Jn), quiere la felicidad de sus criaturas, de todos sus hijos. La constitución pastoral Gaudium et spes (cf. n. 10) afrontó las cuestiones clave de la existencia humana, sobre el sentido de la vida y de la muerte, del mal, de la enfermedad y del sufrimiento, tan presentes en nuestro mundo. Recordó que, en su bondad paterna, Dios ha querido dar respuestas a todos estos interrogantes y que Cristo fundó su Iglesia para que todos los hombres pudieran conocerle. Por eso uno de los problemas más serios de nuestra época es el de la ignorancia práctica religiosa en la que viven muchos hombres y mujeres, incluso algunos fieles católicos (cf. exhortación apostólica Christifideles laici, capítulo V).
Por este motivo, la nueva evangelización, en la que la Iglesia se ha comprometido resueltamente desde el concilio Vaticano II y cuyas principales modalidades delineó el motu proprio Ubicumque et semper, se presenta con una urgencia particular, como subrayaron los padres del Sínodo que acaba de concluir. Ella pide a todos los cristianos que den razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), consciente de que uno de los obstáculos más temibles de nuestra misión pastoral es la ignorancia del contenido de la fe. Se trata en realidad de una doble ignorancia: un desconocimiento de la persona de Jesucristo y una ignorancia de la sublimidad de sus enseñanzas, de su valor universal y permanente en la búsqueda del sentido de la vida y de la felicidad. Esta ignorancia provoca además en las nuevas generaciones la incapacidad de comprender la historia y de sentirse herederos de esta tradición que ha modelado la vida, la sociedad, el arte y la cultura de Europa.
En este Año de la fe, la Congregación para la doctrina de la fe, en la nota del 6 de enero de 2012, dio las indicaciones pastorales deseables para movilizar todas las energías de la Iglesia, la acción de sus pastores y de sus fieles, a fin de animar en profundidad la sociedad. Es el Espíritu Santo quien, «con la fuerza del Evangelio la rejuvenece, la renueva continuamente» (Lumen gentium, 4). Esta nota recuerda que «cada iniciativa del Año de la fe busca favorecer el gozoso redescubrimiento y el renovado testimonio de la fe. Las indicaciones aquí ofrecidas tienen el objetivo de invitar a todos los miembros de la Iglesia a comprometerse para que este año sea una ocasión privilegiada para compartir lo más valioso que tiene el cristiano: Jesucristo, Redentor del hombre, Rey del Universo, “iniciador y consumador de nuestra fe” (Hb 12, 2)». El Sínodo de los obispos propuso recientemente a todos y cada uno los medios para llevar a feliz término esta misión. El ejemplo de nuestro divino Maestro es siempre el fundamento de toda nuestra reflexión y de nuestra acción. Oración y acción: son estos los medios que nuestro Salvador nos pide que utilicemos ahora y siempre.
La nueva evangelización será eficaz si involucra a fondo a las comunidades y parroquias. Los signos de vitalidad y el compromiso de los fieles laicos en la sociedad francesa ya son una realidad alentadora. Muchos han sido en el pasado los compromisos de los laicos; pienso en Paulina Jericot, de cuya muerte celebramos el 150° aniversario, y en su obra por la difusión de la fe, tan determinante para las misiones católicas en los siglos XIX y XX. Los laicos, con sus obispos y sacerdotes, son protagonistas en la vida de la Iglesia y en su misión de evangelización. En sus diversos documentos (Lumen gentium, Apostolicam actuositatem, entre otros), el Concilio Vaticano II subrayó la especificidad de su misión: impregnar las realidades humanas con el espíritu del Evangelio. Los laicos son el rostro del mundo en la Iglesia y al mismo tiempo el rostro de la Iglesia en el mundo. Conozco el valor y la calidad del apostolado multiforme de los laicos, hombres y mujeres. Uno mi voz a la vuestra para expresarles mis sentimientos de estima.
La Iglesia en Europa y en Francia no puede ser indiferente ante la disminución de las vocaciones y de las ordenaciones sacerdotales, y tampoco de los otros tipos de llamada que Dios suscita en la Iglesia. Es urgente movilizar todas las energías disponibles a fin de que los jóvenes puedan escuchar la voz del Señor. Dios llama a quien quiere y cuando quiere. Sin embargo, las familias cristianas y las comunidades fervorosas siguen siendo terrenos particularmente favorables. Estas familias, estas comunidades y estos jóvenes están por tanto en el centro de toda iniciativa de evangelización, a pesar de un contexto cultural y social marcado por el relativismo y el hedonismo.
Al ser los jóvenes la esperanza y el futuro de la Iglesia y del mundo, no quiero dejar de mencionar la importancia de la educación católica. Esta desarrolla una tarea admirable, a menudo difícil, hecha posible por la incansable dedicación de los formadores: sacerdotes, personas consagradas o laicos. Más allá del saber transmitido, el testimonio de vida de los formadores debe permitir a los jóvenes asimilar los valores humanos y cristianos a fin de tender a la búsqueda y al amor de lo verdadero y lo bello (cf. Gaudium et spes, 15). Seguid animándolos y abriéndoles nuevas perspectivas para que también se beneficien de la evangelización. Los institutos católicos están claramente en primer lugar en el gran diálogo entre la fe y la cultura. El amor por la verdad que irradian es de por sí evangelizador. Son ámbitos de enseñanza y de diálogo, y también centros de investigación que deben desarrollarse cada vez más, ser cada vez más ambiciosos. Conozco bien la contribución que la Iglesia en Francia ha dado a la cultura cristiana. Conozco vuestra atención —y os aliento en este sentido— por cultivar el rigor académico y entablar vínculos más intensos de comunicación y de colaboración con universidades de otros países, ya sea para que se beneficien de los ámbitos en los que sobresalís, ya sea para que aprendáis de ellos, a fin de servir cada vez mejor a la Iglesia, a la sociedad, a todo el hombre. Subrayo con gratitud las iniciativas tomadas en algunas de vuestras diócesis para favorecer la iniciación teológica de jóvenes estudiantes de disciplinas profanas. La teología es una fuente de sabiduría, de alegría, de maravilla que no se puede reservar sólo a los seminaristas, a los sacerdotes y a las personas consagradas. Propuesta a numerosos jóvenes y adultos, los confortará en la fe y hará de ellos, sin ninguna duda, apóstoles audaces y convencidos. Es por tanto una perspectiva que podría proponerse ampliamente a los institutos superiores de teología como expresión de la dimensión intrínsecamente misionera de la teología y como servicio de la cultura en su significado más profundo.
Respecto a las escuelas católicas que han modelado la vida cristiana y cultural de vuestro país, tienen hoy una responsabilidad histórica. Ámbito de transmisión del saber y de formación de la persona, de acogida incondicional y de aprendizaje de la vida en común, con frecuencia gozan de merecido prestigio. Es necesario encontrar los itinerarios para que la transmisión de la fe permanezca en el centro de su proyecto educativo. La nueva evangelización pasa por estas escuelas y por la multiforme obra de la educación católica que abarca numerosas iniciativas y movimientos, por lo cual la Iglesia está agradecida. La educación en los valores cristianos es la clave de la cultura de vuestro país. Abriendo a la esperanza y a la libertad auténtica, seguirá aportando dinamismo y creatividad. El ardor conferido a la nueva evangelización será nuestra mejor contribución al desarrollo de la sociedad humana y la mejor respuesta a los desafíos de todo tipo que todos deben afrontar en este inicio del tercer milenio. Queridos hermanos en el episcopado, os encomiendo a vosotros, así como vuestro trabajo pastoral y el conjunto de las comunidades que os han sido confiadas, a la solicitud materna de la Virgen María, que os acompañará en vuestra misión durante los años por venir. Y como afirmé antes de dejar Francia en 2008: «Desde Roma, estaré cerca de vosotros y, cuando me detenga ante la réplica de la Gruta de Lourdes, que se halla en los jardines del Vaticano desde hace poco más de un siglo, os tendré presentes. Que Dios los bendiga».

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