martes, 18 de septiembre de 2012

La respiración presuntamente meditativa no tiene nada que ver con la meditación cristiana - Mons. Aguer

La meditación cristiana, y la otra

Reflexión de monseñor Héctor Aguer
en el programa
"Claves para un Mundo Mejor"
(15 de septiembre de 2012)


          Un notable pensador del siglo XX, el Dr. Viktor Frankl, psiquiatra, creador de la Logoterapia, planteó que el problema principal del hombre contemporáneo, el hombre de su siglo y del nuestro, es el vacío existencial. Sostenía, por tanto, que la cuestión fundamental de nuestra cultura es la pérdida del sentido, el sentido de la vida humana, el sentido de nuestro origen y de nuestro fin. Especialmente el Dr. Frankl planteaba la necesidad de nuestra relación con el fundamento trascendente, que otorga sentido a todo lo que existe.
          Si ese es un dato de la cultura contemporánea, hay que notar también que existe un dato paralelo: el intento de escapar por la tangente –digamos así– y de colmar ese vacío, que sólo puede colmarse con el arraigo en el fundamento sólido y último de las cosas, mediante la búsqueda de religiones alternativas y de una espiritualidad vaga, genérica, que podríamos calificar de Light.
          El ideal sería sentirse bien. El ansia de felicidad del hombre tiene que ver con la colmación de un vacío existencial, con el hallazgo del verdadero sentido de la vida; no se reduce al sentirse bien. Para asegurar la percepción subjetiva de sentirse bien se difunde una especie de religión alternativa, una vaga espiritualidad, sin verdades dogmáticas, sin preceptos morales, sin culto, sin la referencia a Dios, a un Dios personal.
          Como alternativa de la fe y de una religiosidad digna de ese nombre, esa propuesta pseudoespiritual adopta distintos tipos de prácticas. La más difundida y la más light de todas es una cierta versión de la meditación que consistiría en una técnica psicofísica de respiración; con eso ya se llegaría al estado de plenitud, a ese sentirse bien, que es lo que busca el hombre agitado y consumista de la gran ciudad, que impone a sus habitantes un ritmo de vida vertiginoso y que no deja pensar.
          En realidad, ese ejercicio no conecta con nada ni con nadie. A no ser con el mismo sujeto. En todo caso consiste en un mirarse espiritualmente el ombligo, para decirlo de una manera grotesca.
          Además quiero explicar rápidamente que esa respiración presuntamente meditativa no tiene nada que ver con la meditación cristiana. Meditación es un término clásico de la espiritualidad cristiana y esa realidad es uno de los momentos, el momento clave podríamos decir, en el camino de la oración. El camino de la oración comienza con la escucha de la Palabra de Dios, con su lectura hecha con fe, como un medio de la búsqueda de Dios. Muchos cristianos practican frecuentemente la lectio, una lectura orante de la Palabra de Dios.
          La meditación consiste en confrontar la Palabra de Dios con la propia vida para dejarse interpelar por esa Palabra de Dios y para responder a ella con la adhesión de fe. En ese sentido, la meditación, es el momento clave y central porque nos encamina a la contemplación, es decir, a la oración entendida como comunión con Dios, con un Dios personal que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
          La meditación cristiana no es un camino solipsista, de aislamiento, alternativo de la pertenencia a la comunidad de los creyentes, a la Iglesia. Tampoco reemplaza al culto, a los sacramentos, sino que al contrario, la oración y la meditación se alimentan en los sacramentos de la Iglesia. No se trata de un proceso meramente natural, de técnicas físicas o psíquicas, sino que se vincula íntimamente con nuestra condición de bautizados y con el crecimiento en nosotros de la gracia de Dios, con el avance en el camino de la comunión con Dios.
          La espiritualidad, en sentido cristiano, no es un fenómeno simplemente natural; tiene que ver con el Espíritu Santo, con la comunicación a nosotros de la vida de Dios por la gracia y por los dones del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer a Jesús como Señor, como Dios verdadero, como centro de toda nuestra vida y el que nos encamina al Padre. De hecho podemos llamar a Dios Padre porque tenemos el Espíritu del Padre y del Hijo.
          Allí está la verdadera espiritualidad, la fuente de una meditación en serio cuyo objetivo no es simplemente sentirse bien, ni mirarse uno mismo y adoptarse a uno mismo como referencia absoluta de la vida, sino entrar en comunión con Dios. Allí, entonces sí nos encaminamos hacia la recuperación del sentido, la colmación del vacío existencial. Ese es el camino que no excluye la cruz, pero que nos orienta a la verdadera felicidad.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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